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Lo que leerás, a continuación, no es un artículo periodístico ni tampoco un género o subgénero literario. Es un relato llano, sin metáforas ni doble sentido ni duelos encubiertos ni desahogo familiar, mucho menos existencial. Es una redacción basada en mis experiencias y convicciones personales cuyo objeto es transmitir lo que he vivido para consumar mi destino como escritor. Estoy convencido que es en vano buscar un culpable o responsable sobre determinados actos que nos alejan de nuestro destino. En todo caso, será nuestra perseverancia la que nos ilumine hacia la meta para realizarnos como individuos en sociedad. Rechazo el “juego” de la hipocresía que forma parte del sistema, por lo tanto, no busques en esta lectura lo que la lectura no transmite.

 

 

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La primera socialización

 

 

 

Mi primaria y secundaria fueron estrepitosamente aburridas, por fortuna, en la educación básica no había que rendir exámenes (aunque de grande descubrí que algunos alumnos sí deben someterse a una prueba, para el “sello” de aprobado y promovido), mientras que en la segunda etapa de instrucción socializante, secundaria, es más común que los alumnos deban rendir, ante el profesor que impartió una determinada asignatura, para aprobar los mínimos contenidos del área.

 

"educación estructurada y repetitiva"Como estudiante adolescente, nunca, pero nunca, he llegado a comprender y entender para qué memorizar contenidos y luego repetirlos, o escribirlos, como una emisora radial frente a tus compañeros de clase y una persona detrás de un escritorio, o parado al fondo del aula o entre los pupitres, asintiera con la cabeza como si yo estuviera describiendo las bases para una nueva era en la existencia humana. Los primeros días, de mi primer año, descubrí el horror que debía atravesar a lo largo de ¡5 años de educación! En aquellos días tomé mi decisión: no perdería mi tiempo para repetir contenidos como un lorito amaestrado.

 

Durante 5 años me dediqué a ejercer mi adolescencia, al fin y al cabo, al término del año en curso podía rendir las asignaturas reprobadas a lo largo del año. Al cabo de ese lapso de instrucción formal rendí examen treinta y tres veces y nunca repetí un año; ingresé a los 12 y egresé a los 16 años. ¿Mi secreto? No existía tal secreto, solo debía memorizar contenidos durante dos meses: diciembre y febrero (meses de exámenes), mis únicas aliadas fueron la memoria visual y auditiva. Lo que escuchaba o veía lo absorbía cual esponja, pero no Bob Esponja, ese surgió después, aunque tenemos algo en común: ambos vivimos sumergidos en nuestro mundo. El mundo del escritor se nutre de la creatividad e imaginación.

 

 

 

 

 

Era práctico, el resto del año me divertía con travesuras de adolescente. Y no era un niño ni adolescente de ciudad, era del campo, pues vivíamos al pie de la montaña; donde todos los juegos los inventábamos junto a mis hermanos (varón y mujer). Tenía diecisiete cuando nos mudamos a la capital de Tucumán. Fue en esta etapa, en el campo, donde nuestros padres alimentaron nuestra imaginación por medio de la lectura. Recuerdo que tenía ocho o nueve años cuando nos reuníamos, en la sala, mis hermanos y yo, para escuchar la lectura de la noche, antes de acostarnos a dormir (de verdad, no recuerdo cuál fue el primer libro). Con los años tuvo su efecto, en cada uno de nosotros, las lecturas nocturnas.

 

Mi hermano mayor desarrolló un lenguaje informático que nunca publicó; mi hermana menor escribió un libro de matemáticas para nivel secundario, que tampoco publicó, y Yo he autopublicado algunos ebooks y publiqué, en papel, un solo libro (poseía gauchesca que revaloriza los regionalismos propios del habla en zona de montaña, en Tucumán), y que fuera declarado de interés educativo por mi provincia natal. Este es el conjunto de efectos como consecuencia de las lecturas nocturnas y la vida en el campo inventando todo tipo de juego.

 

Desde niño, entre los 10 y 12 años, tenía muy claro qué es lo que quería estudiar. Entonces a los diecisiete años mi madre me preguntó, en el mes de febrero, luego de mi cumpleaños: “¿y qué querés seguir estudiando?” Y respondí con total seguridad, luego de haber “soportado” 5 años obligatorios que parecían interminables: “¡quiero ser actor!”, con firmeza. ¿Acaso debía recordarles que ellos regaron mi imaginación? Su tajante respuesta fue: “¡solo a vos se te ocurre semejante boludez!” Y mi reacción inmediata fue: “¡bueno, entonces quiero ser escritor!”, y repuso con frialdad: “¡es la misma boludez! ¡Mejor, ni se lo digas a tu padre!”

 

No entendí, en aquellos años, cómo mi hermana podía elegir sus estudios: profesora de matemática, ni cómo mi hermano mayor pudo elegir su estudio: Escuela de Aviación Militar, en Córdoba, aunque fue rechazado. Pero yo, que quería denunciar falencias y aberraciones del sistema…

 

Mi madre se encargó de difundir mi idea de estudio a cuanto familiar se le acercaba (una vez más, lealtad al mandato social), no solo dejando en claro qué es lo que quería estudiar, sino recargando su discurso con expresiones y frases despectivas hacia mí, algunas de ellas verdaderos insultos que no valen la pena relatar (mecanismo del mandato social). Tampoco pude entender, hasta el día de hoy, el acto conjunto de la motivación e incentivación, y siempre me había preguntado lo mismo: “¿para qué incentivar la imaginación y la lectura, a tu hijo, si luego le niegas la posibilidad de ser pleno en su automanifestación responsable?” Logré hallar mi único consuelo en el tipo de crianza que recibieron mis padres: severa, violenta (física y psicológica)  y reproductiva al sistema.

 

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Trabajando la fortaleza

 

Ha sido un consuelo, para mi experiencia, puesto que no podría exigirles a ellos lo que nunca tuvieron: el ejercicio de su libertad. Entonces, me bastó unos meses para interpretar sus actos y palabras hirientes (mandato social), pues no eran ellos quienes se expresaban, sino el sistema anquilosado, reproductivo, vertical y carente de significatividad. Frente a la situación, mi fortaleza interior fue quien me sostuvo. A ella recurrí para refugiarme, a exigir asilo de supervivencia. Comencé a practicar atletismo, media maratón primero y luego velocidad, para afianzar mi fortaleza, para nutrirla de determinación, esfuerzo y perseverancia, nunca me ha desviado de mi objetivo. Solo debía esperar la oportunidad para estudiar lo que tanto anhelaba mi ser. Y paciencia fue lo que comencé a cultivar por aquellos años.

 

Luego de 4 extenuantes años de estudio de la medicina (de nuevo repetir como lorito amaestrado, recuerden: enseñanza anquilosada, reproductiva, vertical y carente de significatividad). ¡Sí, estudié por obligación 4 años de medicina! Y mis padres se divorciaron. Y el divorcio resultó ser mi aliado tabú, allá por los años ochenta en Argentina. La mujer divorciada era mal vista, y la sociedad hablaba mal de esas mujeres. Mis parientes consanguíneos, por parte de mi padre, nos dejaron de hablar e incluso no nos saludaban cuando, ocasionalmente, nos cruzábamos en alguna esquina, calle o negocio. Ella, mi madre, por ser mujer abandonada y considerada menos que una cualquiera, y nosotros, los hijos, por el simple hecho de ser hijos de padres divorciados.

 

En esos días mi fortaleza era sólida, pero no la de mi madre. Un día ingirió demasiadas pastillas con la intención de suic…, abandonar este mundo, pero afortunadamente no era “su día”. Sin embargo, estaba cayendo en el pozo de la depresión. Otro día comenzó a llorar y no paró por más de dos horas. ¿Han vivido esa experiencia: el llanto sostenido de tu madre? ¿Han sentido el dolor, que nace por detrás del pecho y desgarra como un zarpazo de fiera salvaje? Mi fortaleza y Yo nos paramos en el umbral de su dormitorio y comenzamos a hablar y a analizar, en voz alta, las situaciones que habíamos y estábamos vivenciando. Era un monólogo cognitivo que describía causa y efecto de los actos humanos (para no ofender mi agudo sentido común, no podía detenerme en una simple línea consanguínea). No obtenía respuesta alguna o reacción por parte de ella. Pero, mantuve mi caluroso discurso con el solo deseo de animarla. Todos los días, mañana y tarde, durante casi dos semanas. Hasta que el fruto comenzó a despuntar, y con él la plena seguridad que sería nuevo. Ella retomaba sus quehaceres cotidianos.

 

Consumado el divorcio, de mis padres, llegó mi oportunidad, la que tanto esperaba. Dejé el fastidioso estudio de la medicina para comenzar a denunciar el sistema obsoleto y masificador que solo proponía (y propone) “un ladrillo más en la pared” (me encanta Pink Floyd; en Tucumán traducíamos “another brick in the wall”, manteniendo el mismo ritmo musical, en: “ni un comino sé yo”, y luego continuábamos con “¡Ey, tú, vente a estudiar!/que yo te pondré el contenido”). El sistema educativo, como parte de un todo, solo reproducía y reproduce personas prestas y productivas al servicio de los opresores.

 

 

A desplegar velas

 

Ahora podía llevar a cabo mi plan, a los 22 años:

 

Primero, asegurar mi manutención. Analicé las opciones del amplio abanico de ofertas educativas en mi provincia, las que estuvieron vedadas a mis diecisiete años, pero mi brújula interna señalaba mi norte intuitivo: estudiar lo que a mí no me había gustado durante doce largos años de vida como alumno, y entonces poner en práctica mi idea de enseñanza o al menos lo que yo interpretaba como tal. Sería profesor.

 

Segundo, generar contenido. El ser humano está inmerso en la sociedad, yo soy un ser humano, por lo tanto estoy inmerso en la sociedad. Negar ello sería un grave error. Y para generar cierto contenido era necesario proyectar y asumir los costos de producción. El contenido debía ser creativo, analítico y crítico. Tendría que emplear la ingeniería inversa hacia el sistema.

 

Graduado de profesor, donde descubrí que existía un brasilero con ideas similares a las mías: Paulo Freire, y su Pedagogía del Oprimido; flechazo a primera lectura. Nunca, en los diecisiete años de enseñanza, obligué a un alumno a repetir como lorito amaestrado la lección del día o el contenido del día o el aprendizaje de la clase. La tarea, su tarea, siempre ha sido elaborar un trabajo que reflejara lo aprehendido, llámese afiche, informe, dibujo o cualquier manifestación creativa como indicador de aprendizaje. Es decir, mis alumnos debían crear su contenido significativo. Yo fui un simple vástago… un cayado donde ellos pudieran apoyarse y crecer. En varias de mis clases, mi propuesta era lúdica. Ya que, en las etapas de la niñez y adolescencia, el aprendizaje se internaliza con rapidez y placenteramente desde la propuesta del juego.  

 

 

 

 

 

 

 

Un juego para nada inocente, sino maduro en su dulce jugo, con objetivos y contenidos a corto y mediano plazo (en realidad, no existe un objetivo de aprendizaje a largo plazo, en todo caso, el objetivo a largo plazo sería el sujeto reproducido por el sistema para que sea útil al mismo y asegurar que reprodujera a la nueva generación), pues, no debía olvidar que ellos tendrían que incorporarse a la misma sociedad de la cual también formaba parte, y que está inmersa en un sistema deficiente y opresor (no olviden: pedagogía del oprimido, Paulo Freire), que solo exigía del individuo despersonalizado que cumpliese con su horario de trabajo con un sueldo mínimo y altos impuestos. Hoy en día, esa educación, la educación de nuestros hijos, responde a los mandatos liberales de la corporatocracia, cuyo objeto es maximizar la renta monopólica o renta oligopólica en detrimento de la vida humana. Será el nuevo sistema de gobierno, donde la “democracia” actual (la verdadera democracia ya no existe) será apenas un harapo apretujado por la codicia y avaricia de unos pocos en el mundo.

 

 

Ejerciendo en alta montaña

 

Mi primer trabajo como profesor fue en la alta montaña, páramo alejado y olvidado por la sociedad, donde el mazazo del opresor golpeaba con más fuerza. El rigor surcaba caprichoso en las infinitas arrugas de los habitantes que parecían tener veinte años más de los que realmente tenían. La población, por aquellos lares, no superaba los ochenta individuos. Todos, ellos, los adultos, eran callados, incluso varios evitaban el contacto visual conmigo, ni mucho menos hablar. Con tres de ellos mantenía contacto visual, además de sostener un diálogo aceptable, y con tan solo 1 lograba una charla fructífera, es decir, intercambiábamos opiniones.

 

Mi tarea con la comunidad fue la de establecer puentes, puentes comunicacionales. Ello significaba que debía recorrer casa por casa (ellos les llaman puestos), para conocernos mutuamente y determinar el grado de compromiso hacia sus hijos con la escuela y el aprendizaje. Debía caminar largas jornadas para llegar a un puesto, el puesto más cercano estaba a tan solo diez minutos de caminata desde la escuela, el puesto más lejano a tres horas de caminata. Luego de tres meses había logrado entablar diálogos con casi todos. Muchas historias me contaron: leyendas del lugar, hazañas de los lugareños, beneficios, contrariedades, necesidades, esperanzas, carencias, abusos, opresiones, incluso sus alegrías.

 

Fruto de esa simbiosis (fui el primer docente que visitó a las familias que enviaban a sus hijos a la escuela, y de seguro, esa acción que realicé, favoreció que me aceptaran dentro de su comunidad), nació la idea de escribir un conjunto de poesías gauchescas que reflejaran la idiosincrasia de los lugareños, y a la vez revalorizaría la apropiación del habla en la zona. Meses después vio a luz “Secretos del campo”.

 

Realicé la presentación del libro en el Centro Cultural Eugenio Flavio Virla, en San Miguel de Tucumán, dependiente de la Universidad Nacional de Tucumán. Ubicado en la zona céntrica de la ciudad. Organicé los preparativos con mucho entusiasmo e invité a mis hermanos y a todos mis amigos, conocidos y colegas docentes. Había una frase que se repetía en todos, o casi todos: “tu mamá debe estar orgullosa de su hijo”, y yo respondía: “sí, seguro. Aún no se lo dije, le quiero dar la sorpresa unos días antes”. No obstante, no quiso asistir. El mandato social, en ella, aún era muy fuerte.

 

Mi objetivo, en la vida, desde los doce años, siempre ha sido muy claro. Ser actor o escritor para crear conciencia de una realidad que percibimos desde la publicidad y la propaganda estatal. Una realidad que es una mascarada para mantener en estado ilusorio el ejercicio de la libertad, pero esa libertad la hemos perdido hace muchos años, muchos, pero muchos años.

 

 

Quiero ser escritor

 

Si me preguntan ¿por qué quiero ser escritor? (según mi punto de vista, el “ser”, esa esencia y necesidad de ser escritor es como un ciclo que se renueva luego de cada libro terminado, por ello, el “quiero” siempre está en presente, y es un anhelo latente que exige desechar al viejo escritor para dar lugar al surgimiento del nuevo escritor), diría:

 

  • Quiero ser escritor para no olvidar el perfil claro de la naturaleza humana, puesto que el sistema lo oscurece todo.
  • Quiero ser escritor para izar la bandera de la especie humana.
  • Quiero ser escritor para escupir los miedos del ser humano.
  • Quiero ser escritor para derribar las culpas creadas por el sistema que atemorizan a la sociedad.
  • Quiero ser escritor para roer las bases de los falsos tótems que son idolatrados por quienes aún tienen una fortaleza débil.
  • Quiero ser escritor para asistir a la reinauguración de las hojas en blanco del que reprime a su propia especie.
  • Quiero ser escritor para descubrir que las raíces humanas son universales.
  • Quiero ser escritor para escuchar y relatar los dolores antiguos del hombre.

 

Y si tú quieres ser escritor (primero descubre la ferviente necesidad en ti, luego establece tus objetivos para viabilizar tu destino y no busques responsables o culpables que evitan o evitaron tu proyección de ser lo que anhelas ser, recuerda que todos somos parte de la sociedad que está inmersa en el sistema), ten presente lo siguiente:

 

1º- Trabaja en tu fortaleza: perseverancia, determinación, esfuerzo y paciencia.

 

2º- Sé un observador de la realidad social.

 

3º- Analiza, siempre, lo que has observado de la realidad social.

 

4º- Busca causas, efectos y consecuencias.

 

5º- Recurre a la fuente principal, el libro y la lectura.

 

6º- Aprovecha otras ramas del estudio humano: psicología, filosofía, ética, lógica, matemática y las que consideres necesarias para expresar en palabras lo que has observado.

 

7º- Agudiza tu sentido común, es la madre de las normas.

 

8º- Sé crítico, pero desde la creatividad. La novela, el cuento, el drama u otra escritura semejante son medios idóneos.

 

9º- Crea tu contenido asumiendo los costos.

 

10º- Si ingresas al sistema, que sea para descubrir sus mecanismos de reproducción. Y aplica ingeniería inversa.

 

11º- Recuerda siempre, lo más importante no eres tú, sino la especie humana.

 

12º- Asume una postura, dentro de la sociedad, en favor del ser humano y su proyección a un nivel superior, ello fortalece tu personalidad, pero también crea detractores.

 

13º- Los detractores solo comercializan con las debilidades de su misma especie.

 


 

 

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